
El hambre me azotaba a todo galope: lo sabía por los gruñidos de la bestia salvaje. En mí se gestaban los jugos gástricos en espera de que una descuidada presa cayese a su trampa. El sonido de algo friéndose sólo los alebrestaba y cada vez era más difícil controlarlos.
Entonces un llamado: la cocinera avisaba que estaban listos los alimentos. Caminé… más bien corrí, aproximándome paso con paso a aquello que calmaría mi pena. La sangre corría más rápidamente, en mis labios se esbozaba una sonrisa iluminada por una gota de ansia.
Tomé el plato donde se encontraban mis tostadas para dirigirme hacia el cuarto donde habría de comerlas, pero un giro inesperadamente rápido volcó su contenido al suelo. Sabía que no podía dejarlo en el suelo –se ve muy mal eso de tener suelos sucios- así que lo regresé al plato y me di a la fuga.
Ahora me enfrentaba a un terrible dilema: es terrible desperdiciar comida, no podía botarla así como así, pero también es terrible comer algo que ha tocado un suelo por el cual han pasado Dios sabrá cuantos animales. ¿Debía arriesgarme a enfermarme o debía arrastrar el peso de la comida desperdiciada?
Cerré los ojos, abrí la boca y lentamente devoré el castigo por mis prisas.
Guerreros Espaciales 1402
Hace 5 días
1 comentarios:
tirar la comida es pecado....
jeje jo que ricas estan las tostadas y yo a dieta...
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