domingo, 27 de junio de 2010

Elogio del vampiro (I)

Para qué perseguirlo,

clavarle una estaca de madera,
condenar de antemano su apetito,
lamentar su presencia en nuestra vida:
el Vampiro no pasa
si nosotros no abrimos la ventana.

Escucha su canción,
no sólo desde páramo o del bosque:
en el agua turquesa de los trópicos,
en los cuartos de los hoteles,
en la tela de loro del mercado,
donde quiera que el hombre reconoce
el brillo de otro cuerpo y necesita
el marfil del Vampiro en la garganta.

Inocente, el Vampiro:
le decimos que es cruel cuando nos hiere,
e invocamos a Dios cuando el diluvio
que nuestra propia sangre a conjurado
mantiene a la deriva hasta los muebles,
a pesar de las leyes y de Newton.

El Vampiro es tan bello
que el azogue se niega a reflejarlo.
Si su sombra te alcanza,
olvidarán tu nombre los espejos,
más hallarás un eco en la hermosura
de quien has elegido como doble.

Quisiera amar la luz, pero ya sabe,
que el amor sabe a sombra perseguida,
al vahído final de los ahorcados,
a todo lo que termina en arrebatos.

Ábrele tu ventana.

Cuando pruebes su vino,
sentirás que la vida se prolonga,
y el agua de sus copas es de vidrio.
Acepta sus mentiras:
nunca estarás más vivo que en sus brazos.

Por Vicente Quirarte

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